A mis madres literarias

Cuando en los años 70 comencé el oficio literario, muy al contrario del presente, pude presenciar con entusiasmo que la gran cofradía de los escritores mayores nos acogía como mentores, maestros, padrinos y madrinas y, sobre todo, amigos. La división que opone generaciones, muy neoliberal, no había sido creada. Tampoco existía la competencia entre escritoras, tan subrayada hoy, en el gremio literario. Los años 90 nos trajeron los grandes esfuerzos por el estudio de la literatura de las mujeres. Aparece la Editorial Mujeres, gracias a Linda Berrón, que dio a conocer a muchas escritoras. Así que disfruté y aprendí de la compañía y amistad de Carmen Naranjo, Julieta Pinto, Delfina Collado y la nicaragüense, Irma Prego, entre otras. Fueron hadas madrinas, amigas y madres literarias. En ellas nunca vi lo que ahora es pan de todos los días: la búsqueda deliberada de restar a la otra, de disputar y negar méritos. Todo lo contrario. Ofrecieron sus experiencias y Carmen Naranjo, un trabajo constante de enseñanza, a manos llenas. Así que las llevo en el corazón, junto a mi madre, quien me acompaña en el presente, con mucha inteligencia y lucidez. Doy gracias por la presencia de todas ellas en mi camino.

En la fotografía, con Carmen y Alba Lucía Ángel en el II Simposio Internacional de Literatura: Evaluación de la literatura femenina de Latinoamérica, siglo XX, UCR, 1984. Ese fue un momento muy especial. Carmen, para mi sorpresa, anunció que yo escribiría un cuento ahí mismo y lo leería para cerrar la mesa. Lo hice y todo salió muy bien. Cuando en privado le reclamé a Carmen por la angustia del momento, me dijo: 

                  «Lo hice porque creo en vos y ya ves, tenía razón».

 

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